Nota/investigación exclusiva de Vea Noticias La reciente reunión en la sede de la Comunidad Regional de Punilla en La Falda, donde se eligieron las nuevas autoridades para el próximo período, dejó un sabor agridulce que invita a reflexionar sobre qué es realmente este organismo y para qué le sirve al vecino que camina por la calle. Aunque se anunció con bombos y platillos una nueva mesa de conducción encabezada por Fabián Flores de Mayu Sumaj como presidente, acompañado por el Dr. Jorge Soria de Villa Giardino en la vicepresidencia, Maricel Sánchez de Charbonier como vicepresidenta primera, Paulo Tesio de Icho Cruz en la vicepresidencia segunda y Pablo Alicio de La Cumbre como secretario, persiste una sensación de desconcierto sobre la utilidad real de este ente. A esta lista se suman Carla Bruno de Cabalango en la prosecretaría, Silvia Rocchetti de Santa María en la tesorería, Laura Suárez de Estancia Vieja en la protesorería, y los revisores de cuentas Marcelo Mainardi de Tala Huasi, Ana Gaitán de Cuesta Blanca y Santiago Arenas de Capilla del Monte. El problema principal es que la Comunidad Regional parece moverse siempre en una zona de grises, donde ni los propios políticos ni mucho menos los ciudadanos tienen claro su propósito, funcionando muchas veces como un simple trámite legal para que la Provincia baje sus planes y proyectos, en lugar de ser un motor con ideas propias que nazcan del corazón de Punilla. Esa imagen de unidad que intentaron proyectar los intendentes y jefes comunales al terminar la votación tiene un trasfondo bastante menos romántico, ya que se admitió abiertamente que lo que hoy los mantiene sentados en la misma mesa no es un sueño compartido de crecimiento regional, sino más bien «el espanto» ante la gravísima situación económica que golpea sus cajas municipales. Es una unión reactiva, casi por supervivencia, lo que hace pensar que si no fuera por la crisis asfixiante y la falta de plata que hoy sufren todos por igual, la armonía entre los distintos pueblos sería prácticamente inexistente o mucho más débil. A esto se suma que, a pesar de que quisieron mostrar un proceso democrático fluido, lo cierto es que no hubo un consenso previo y el ambiente estaba cargado de dudas y tensiones internas que hicieron que el debate se alargara más de lo esperado. La ausencia de figuras importantes, como el intendente Fabricio Cardinali, de quien se decía que también quería la presidencia, o el hecho de que otros mandatarios estuvieran «de vacaciones» justo en este momento de recambio, pone un signo de pregunta sobre qué tan sólida es realmente esa unión de bloques que tanto pregonan. La dependencia que este organismo tiene del Gobierno Provincial es tan grande que termina pareciendo más una oficina administrativa del gobernador que un ente autónomo que defienda los intereses de la región. El nuevo presidente Flores fue muy claro al decir que deben estar «espalda con espalda» con la provincia porque, básicamente, si no llegan las obras es por falta de recursos provinciales y no por mala gestión local, lo que deja a los intendentes en una posición de subordinación total. Esta falta de recursos y de autoridad propia hace que la Comunidad Regional tenga un margen de maniobra muy limitado, casi atada de manos a lo que el Centro Cívico decida enviar o no. Al final, el vecino termina viendo que las grandes soluciones, como el agua o las obras de infraestructura, siguen dependiendo de una voluntad política que está lejos del departamento, mientras el organismo regional se limita a ser un articulador que poco puede decidir por su cuenta. Por último, los propios protagonistas reconocen que están atrapados en una «trampa» que ellos mismos o sus antecesores ayudaron a construir durante los últimos 40 años, donde la política y la gestión se mezclaron de una forma que hoy les impide ser eficientes. Históricamente, la elección de quién trabaja en el municipio o quiénes son los proveedores ha tenido un fuerte tinte político, y ahora que la plata no alcanza y la gente pide más ayuda que nunca, esa falta de profesionalismo les pasa factura. Los intendentes explican que ya no solo tienen que arreglar lamparitas o levantar la basura, sino que ahora los vecinos les golpean la puerta porque se quedaron sin los remedios del PAMI o porque necesitan salud y educación que la Nación o la Provincia no cubren, dejando a los municipios desbordados y sin herramientas modernas para responder. Es una realidad difícil donde la necesidad de «humanizar la política» choca contra estructuras viejas que no se terminan de renovar, dejando al vecino de Punilla en el medio de una gestión que quiere cambiar pero que sigue atada a viejas mañas y a una dependencia económica que no le permite despegar. Navegación de entradas Un silbato puede salvarte: Vecinos en alerta entregará silbatos de supervivencia en localidades de Punilla Allanaron la Municipalidad de La Calera por denuncias de “causas armadas” para despedir empleados