El calvario de Nelson Madaf: tortura y muerte por un crimen que nunca existió

Nelson Madaf: torturado por un crimen falso, contrajo VIH y la víctima apareció viva 9 años después. Una injusticia que aún estremece.

Nota/investigación exclusiva de Vea Noticias

La noche del 16 de octubre de 1989, en la ciudad de San Luis, marcó el inicio de una de las injusticias más atroces de la historia judicial argentina. Nelson Rafael Madaf, un joven trabajador de la construcción de 19 años, acompañó a Claudia René Díaz, de 15, desde la escuela hasta las cercanías de su casa tras haber sido presentados apenas unos días antes. Tras despedirse en una esquina, Claudia desapareció, y Nelson se convirtió, sin pruebas reales, en el principal sospechoso de un sistema que buscaba resultados inmediatos ante la presión social.

La desaparición de la adolescente movilizó a su madre, Nelly Fernández, quien se convirtió en una «mamá detective», disfrazándose y recabando información por cuenta propia ante el nulo avance oficial. El contexto nacional estaba marcado por el caso de María Soledad Morales en Catamarca, lo que generó un clima de marchas del silencio y una exigencia de justicia que el gobierno de San Luis, entonces bajo el mandato de Adolfo Rodríguez Saá, ordenó resolver «como sea». La policía construyó entonces una hipótesis macabra: Nelson habría obligado a Claudia a un aborto clandestino que le causó la muerte, ocultando posteriormente su cadáver.

El 31 de enero de 1993, Nelson fue detenido junto a su padre de 71 años y varios de sus hermanos en un operativo violento. Lo que siguió fue un descenso al horror dentro de la División de Investigaciones de la Policía de San Luis. Los efectivos policiales aplicaron métodos de tortura propios de las épocas más oscuras: le quebraron las dos clavículas a golpes, le traspasaron las tetillas con agujas y se las retorcieron, y le arrancaron las uñas de los pies con una pinza.

La crueldad no tuvo límites físicos ni psicológicos. Madaf fue trasladado al río Quinto, donde, con un motor de automóvil atado a la cintura con una cadena, fue sometido al «submarino», siendo sumergido repetidamente al borde del ahogo. También sufrió simulacros de fusilamiento, fue colgado de un brazo de la rama de un árbol durante más de una hora mientras le propinaban golpes, y fue enterrado en un pozo hasta el cuello durante toda una noche, siendo luego jalado del cabello.

En las dependencias policiales, los agentes llegaron a romper una botella de vidrio y refregársela por la boca, destrozándole la dentadura por completo. Para mantenerlo consciente durante los tormentos y aplacar sus gritos, le aplicaron inyecciones con agujas contaminadas, lo que provocó que Nelson contrajera VIH en prisión. Bajo este nivel de violencia física y mental, Madaf terminó firmando una confesión falsa autoinculpándose de un homicidio que no había cometido.

El Poder Judicial no solo fue cómplice por omisión, sino por acción directa. El entonces juez de la causa, Néstor Alfredo Ochoa, validó las declaraciones obtenidas bajo tortura. Nelson denunció que, durante una de las audiencias, el propio magistrado se le acercó y le propinó un fuerte puñetazo en la cara con un anillo grueso, dejándole una marca permanente. La justicia, basada en la confesión arrancada por el dolor, realizó excavaciones en lugares señalados por Nelson al azar para detener el calvario, encontrando únicamente huesos de perro que la policía intentó hacer pasar por humanos ante la prensa.

Nelson permaneció encarcelado injustamente hasta fines de 1995, cuando fue liberado por falta de pruebas físicas, aunque el estigma de «asesino» continuó persiguiéndolo. La verdad absoluta emergió recién en febrero de 1998, cuando Claudia Díaz fue encontrada con vida en la localidad de Caucete, San Juan. La supuesta víctima se había fugado de su hogar por su propia voluntad la misma noche de su desaparición, huyendo de los abusos y castigos físicos de su padre, quien luego admitió ante la justicia que le pegaba como «método correctivo».

Claudia había formado una familia en San Juan, tenía varios hijos y, paradójicamente, también sufría violencia por parte de su nueva pareja, un hombre veinte años mayor. Ella nunca se enteró de que un hombre estaba siendo torturado y encarcelado en su nombre en la provincia vecina. Tras su aparición, Nelson Madaf fue finalmente sobreseído el 30 de julio de 1998, pero el daño ya era irreparable.

Al salir de prisión, Nelson era un «muerto en vida» con una discapacidad del 90% debido a las lesiones sufridas. Vivió el resto de sus días en la indigencia, habitando un rancho en las afueras de San Luis y padeciendo la discriminación social derivada de su enfermedad y su pasado judicial. La reparación histórica fue casi inexistente: en 2011, tras años de litigio, el Estado puntano le pagó una indemnización de aproximadamente $300.000 pesos, una suma que solo consideró el lucro cesante de un trabajador de la construcción y no las secuelas físicas o morales.

A pesar de las denuncias públicas y los nombres identificados, ninguno de los responsables de las torturas fue procesado. Los policías que ejecutaron los vejámenes se jubilaron con rangos de comisarios generales y gozan de sus haberes en total impunidad. El juez Ochoa, aunque fue apartado de la justicia posteriormente por otras irregularidades, nunca enfrentó cargos penales por el calvario infligido a Madaf.

Nelson Madaf falleció el 6 de junio de 2025 en un estado de abandono y profunda tristeza. Sus allegados recuerdan que, pese a todo lo sufrido, nunca guardó rencor contra Claudia, a quien consideraba otra víctima del sistema y de la violencia doméstica. Su historia permanece como el recordatorio más crudo del fallo sistémico del Poder Judicial y las fuerzas de seguridad en la provincia de San Luis, donde se fabricó un culpable para cerrar un expediente mediático a costa de destruir una vida humana.

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