La situación del área de bienestar animal en La Falda atraviesa un momento delicado que comienza a generar preocupación entre vecinos, proteccionistas independientes y organizaciones dedicadas al cuidado animal. Desde al menos julio del año pasado, el municipio ha reducido de manera significativa la cantidad de castraciones gratuitas mensuales, estableciendo un cupo cercano a los veinte animales por mes —principalmente entre perras y gatas—, una cifra que distintos actores consideran insuficiente frente a la demanda existente y al crecimiento sostenido de la población animal urbana. La medida, según fuentes municipales y lo expresado en distintos espacios públicos, se enmarca dentro de la política de austeridad impulsada por el intendente Javier Dieminger, quien semanas atrás reforzó un discurso orientado a la reducción del gasto y la optimización de recursos en distintas áreas de la gestión. En ese contexto, el área animal no ha quedado exenta de los recortes, lo que ha derivado en una reconfiguración de sus servicios, priorizando lo considerado “esencial” y limitando intervenciones preventivas como las campañas masivas de esterilización. Desde una mirada técnica, la castración es reconocida como una de las herramientas más efectivas para el control poblacional de perros y gatos, además de contribuir a la prevención de enfermedades, la reducción del abandono y la disminución de comportamientos asociados al celo que muchas veces generan conflictos en entornos urbanos. En este sentido, la reducción del número de procedimientos mensuales podría tener consecuencias a mediano y largo plazo, tanto en términos sanitarios como sociales. Vecinos consultados manifiestan que en distintos barrios comienzan a observarse nuevamente camadas no deseadas, mayor presencia de animales en la vía pública y situaciones de reproducción sin control. Esto no solo impacta en la calidad de vida de los propios animales, sino también en la convivencia cotidiana, especialmente en sectores donde históricamente ya existían problemáticas vinculadas al abandono o la sobrepoblación. Por su parte, rescatistas independientes y grupos proteccionistas señalan que la disminución de castraciones implica una mayor presión sobre su trabajo, que en muchos casos se sostiene de manera autogestionada, sin financiamiento estable y con recursos limitados. La imposibilidad de acceder a turnos municipales suficientes obliga a recurrir a veterinarias privadas, lo que encarece significativamente cada intervención y restringe la capacidad de respuesta frente a nuevos casos. Otro de los aspectos que se pone en discusión es el impacto indirecto que esta política puede tener en la salud pública. La proliferación de animales sin control sanitario puede derivar en la expansión de enfermedades zoonóticas, además de incrementar situaciones de riesgo en la vía pública, como accidentes de tránsito o episodios de mordeduras. Si bien estos escenarios no necesariamente se manifiestan de inmediato, especialistas advierten que las políticas de control deben sostenerse en el tiempo para evitar retrocesos. Desde el municipio, en tanto, se sostiene que la reducción responde a un contexto económico complejo y a la necesidad de priorizar recursos en áreas consideradas críticas. En esa línea, no se descarta que el esquema actual pueda revisarse en función de la disponibilidad presupuestaria futura, aunque por el momento no se han anunciado modificaciones concretas en el corto plazo. El debate, sin embargo, continúa abierto en la comunidad. Mientras algunos sectores comprenden la necesidad de ajustes en el gasto público, otros plantean que las políticas de bienestar animal no deberían ser consideradas un aspecto secundario, sino una inversión preventiva que, a largo plazo, reduce costos mayores asociados al control de la sobrepoblación, la atención de emergencias y la gestión de conflictos urbanos. En este escenario, distintas voces coinciden en la importancia de generar instancias de diálogo entre el Estado, las organizaciones y la ciudadanía, con el objetivo de construir estrategias sostenibles que permitan equilibrar las restricciones presupuestarias con la necesidad de garantizar políticas efectivas de control poblacional. La situación actual en La Falda se presenta así como un caso que expone las tensiones entre ajuste económico y políticas públicas sensibles, en un área donde los efectos suelen hacerse visibles con el paso del tiempo, pero cuyas decisiones comienzan a impactar desde el presente. Navegación de entradas Nuevo choque con el Tren de las Sierras en La Falda y crece la preocupación por incidentes reiterados La Falda: chocó una unidad penitenciaria, dejó un herido y la escena siguió abandonada toda la noche